Todas mis metáforas

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Hay días, hay días que parecen no llegar
hay días, hay días que hacen de lo imposible
y llegan a quitarme más la vida

Hay días y hay días que amanezco en cruz Lee el resto de esta entrada »

Dio un grito suave pero profundo. Sonrió. Respiró. Cerró los ojos de nuevo y sintió ese relajo que había olvidado. Tenía la piel más fría que la de su amante. Entonces recordó algunas cosas y sintió un leve deseo de empujarlo lejos, como antes, pero no, no era eso lo que quería. Lo apretó con sus piernas aunque casi no tenía energía. No estaba pensando. Sabía que nada era lo mismo de antes, por suerte. Todo el mundo decía que tenía tanto miedo, pero a él no le gustaba mentir. “Tanto tiempo sin verte”, le dijo unos minutos antes, y no quiso recordar más  Lee el resto de esta entrada »

Se murió. Porque la muerte tocaba su puerta demasiadio seguido, y se cansó de decirle “espera, que aún me quedan cosas por hacer. Ella aún me ama y quiere estar conmigo”. Se murió porque nada es para siempre y porque la lluvia que azotaba afuera de su casa no podía no mojarlo en algún momento. La muerte le dijo: “no vivas de ilusiones. Si ella ya no está ahí contigo. Hace tiempo que se fue. ¿Por qué insistes en quedarte en esa casa donde ya no queda gente?”. Y él en cambio seguía creyendo en la resurrección, en los vivos que hacen llamados desde el más allá. “Ven conmigo, que de este lado las cosas se ven mucho mejor. No le hagas caso a los vivos. Acá ya no sentirás nada por ella, y tampoco tendrás que comer, beber o amar”, decía la muerte mientras golpeaba con el mismo ritmo de siempre la puerta de esa casa, a esa hora, como lo ha hecho los últimos 7 días.
“Tu no sabes lo que es morirse. Nunca lo has hecho. Yo no quiero dejar mi casa porque ella se morirá conmigo”, decía él abrigándose para pasar el frío del invierno que recién anunciaba el congelamiento de sus meses. “Yo soy muerte constante”, le decía la muerte tratando de convencerlo de tomar “la mejor decisión”. Pasó un poco de tiempo y el hombre salió. La muerte, blanca como la nieve, no dijo nada y se lo llevó. Adentro las paredes estaban manchadas de sangre, sudor y lágrimas.

—Lo descubrí exactamente después del momento del grito. O era más bien un quejido. Un quejido profundo, un suspiro sonoro, como el nacimiento de la voz, o el primer llanto. Es más que un orgasmo… porque por un momento dejé de pensar sabe? No estaba haciendo nada más que concentrar mis energías en poseer todo su cuerpo.
—Estaba teniendo sexo.
—Sí, pero preferiría decir que hacía el amor.
—¿Con quién?
—Con él, con el mismo muchacho de siempre, con el que me gusta.
—¿Y usted hace eso muy a menudo?
—No realmente, aunque quisiera, no están las condiciones, además, no sé si él quisiera hacerlo conmigo siempre o para siempre.
—¿Se lo ha preguntado?
—No, pero lo sospecho. O sea, usted sabe, el olfato. Por ahora no encuentra.
—Bueno, pero usted me estaba contando algo.
—Sí, le contaba del silencio de los amantes. Es el momento más frágil en cualquier relación, entre dos personas, siempre, siempre. Después del placer más finito y más pavoroso, los amantes se quedan congelados, sus cuerpos simplemente no pueden más. El calor es el máximo y después de esa emoción física se quedan detenidos, paralizados, conteniéndose el uno con el otro. Y entonces siempre llega una ventisca de silencio, de miedo, de dudas. A pesar de ser el momento en que están más juntos que nunca, después de ese climax sus existencias se transforman. Dejan de mirar el presente y miran el futuro. “Tengo que irme”, le dice uno al otro. Y este asiente aunque no quisiera, pero da lo mismo. Sin embargo antes, entre el orgasmo y la partida sucedieron aún mas cosas.
—¿Qué sucede?
—He estado pensando en eso. Cuando paralizado de esa forma y estando aún tan pegado a él, como le dije, sentía mi cabeza viajar por tantas partes.
—Sea más claro.
—En ese silencio los amantes no son nada. No son amantes. Solo son dos cuerpos después de hacer el amor. Solo dos cuerpos cansados. Y mientras esos segundos pasan, los amantes piensan en qué es lo que realmente pasó. Uno más temeroso que otro piensa que no quiere que esa sea la última vez; el otro, en cambio, quisiera repetirlo.
—No es algo consciente me imagino.
—No, usted está en lo cierto. Además que es solo un segundo. Y se acaba cuando uno de los dos besa al otro. Y entonces se disipan las dudas. Y a veces, incluso, se quedan abrazados, muy pocas veces hablan inmediatamente, salvo cuando ya han pasado mucho tiempo juntos. Entonces ese beso en el mejor de los casos disipa las dudas de ambos. En el peor de las casos disipa las dudas de uno y calla las del otro. “Quiéreme siempre”, piensa uno y el otro piensa lo mismo. O a veces uno piensa “¿hasta cuando?” y el otro piensa “¿Será esta la última vez?”.
—Es un poco pesimista su forma de ver las cosas.
—No, solo trato de ser realista. Es lo que pasa con el silencio de los amantes. Ese espacio que está lleno de dudas. “Cuando no se puede ni nombrar el pan”, entiende?. Todo es una pregunta durante ese silencio. Preguntas que se responden solamente con gestos, no con palabras. Entonces, le cuento, él me besó después de ese silencio. Y creo que es lo mejor pasado. Estaba preocupado por él.
—Entonces ¿Usted se ha enamorado?
—Hay algunas personas que se han enamorado de mí. Supongo. Aunque yo tal vez nunca las vi y no hayan sido importantes, pero es posible que haya pasado.
—Pero yo le pregunté por usted.
—Sí, ocurre que yo no entiendo cómo alguien se puede haber enamorado de mí sin que yo me hubiese dado cuenta y sin que me hubiese enamorado.
—¿No se había enamorado nunca entonces?
—Uhm, podría decir que no. Nunca como ahora. Nunca sabe?
—¿Nunca antes se había dado cuenta del silencio de los amantes?
—No. ¿Acaso es algo muy antiguo?
—Sí, es algo muy antiguo.
—Qué extraño… ¿Entonces me estoy enamorando?
—Puede ser, puede ser también algo momentáneo… Ya sabe como dicen: el amor es de dos.
—Creo que en ese momento del silencio los amantes solo piden una cosa: “Quédate más cerca de cuando empezamos”.
—Cómo la sabe.
—Porque si no, no serían amantes.
—Claro, cómo no lo vi antes.
—Me quedó una duda de su historia. ¿Los amantes terminan felices?
—Sí, claro que sí. Algo más profundo sabe? Yo lo llamaría el verdadero compromiso. Porque, como le dije, no hacen falta las palabras. Es mucho más. Un silencio lleno de gestos y respuestas. En un silencio dejaron de ser para luego no estar solos nunca más.
—El problema es que hay muy pocos amantes.
—Sí, me temo que es así.


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