Todas mis metáforas

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Dio un grito suave pero profundo. Sonrió. Respiró. Cerró los ojos de nuevo y sintió ese relajo que había olvidado. Tenía la piel más fría que la de su amante. Entonces recordó algunas cosas y sintió un leve deseo de empujarlo lejos, como antes, pero no, no era eso lo que quería. Lo apretó con sus piernas aunque casi no tenía energía. No estaba pensando. Sabía que nada era lo mismo de antes, por suerte. Todo el mundo decía que tenía tanto miedo, pero a él no le gustaba mentir. “Tanto tiempo sin verte”, le dijo unos minutos antes, y no quiso recordar más  Lee el resto de esta entrada »

No había absolutamente nada frente en la carretera, era un día de sol, ni siquiera lluvia ecuatoriana, solo algunos espejismos y él frenó.
—¿Por qué frenaste? —le pregunté y no supo responderme—. ¿Pasó algo? ¿Quieres bajarte aquí? —le pregunté aún con el impacto.
—No sé, quizás vas muy rápido, pero en realidad no lo sé, me pareció ver algo en el camino —dijo por primera vez.
—¿Algo como qué? Yo veo solo espejismos
—¿Espejismos? Sí, sí, quizás era eso, espejismos.
—¿Quieres bajarte? De todas formas sabes que vamos y volvemos, si quieres puedes bajarte en este mismo lugar de regreso.
—¿A dónde vamos?
—Al horizonte y más allá.
—¿Y se vuelve de ahí?
—Se puede regresar de cualquier parte.
—Me sentí atrapado en este automóvil.
—Puedes bajarte cuando quieras, pero hay reglas ¿las sabes?
—No
—Nunca puedes bajarte cuando el automóvil está avanzando, tampoco puedes hacerlo por la ventana y tampoco puedes hacer que frene intempestivamente porque podrías golpearte o hacer que un pasajero se golpee.
—¿Y entonces cómo puedo bajarme?
—Hablas con el conductor y le dices que frene, después te sacas el cinturón, abres la puerta y te bajas.
—¿Y qué pasa con el automóvil?
—El automóvil no dejará de ser lo que es y probablemente siga su camino, a menos que invites al chofer a caminar ves? le dices que detengan el auto y lo guarden en un lugar seguro para cuando quieran volver y seguir el camino.
—¿Y qué pasa si no quiero nunca más tomar ese auto?
—No tienes que hacerlo, quizás el auto lo tome otra persona, o con el tiempo se esconda entre la maleza y los árboles del camino.
—¿Y porque dices que podemos bajarnos al regreso? No sé donde estamos ahora en realidad.
—Yo tampoco sé donde estamos, pero tienes que tener fe.
—¿Fe? ¿Qué es eso?
—Lo único que nos hace ir volver, o detenernos en el mismo lugar. Incluso si no tuviésemos automóvil podríamos llegar a donde vamos o sortear los espejismos.
—No lo había sentido.
—Es que más fácil ver espejismos que sentir la fe.
—¿Podemos parar el automóvil en el bosque y dormir una siesta de fe para seguir?
—Sí, acomódate.


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